Tras más de quince años, he vuelto al metal como medio de expresión, reencontrándome con la tridimensionalidad y el gesto. En esta serie, la figura humana se convierte en un reflejo de la vulnerabilidad y la curiosidad que nos habita.

Dos de las esculturas están inspiradas en los niños de la calle de la Ciudad de México; la tercera, en mi propia niña interior, sorprendida ante la belleza y el asombro del mundo. Es un regreso al cuerpo, al juego y a la materia como territorio de memoria y emoción.